viernes, 22 de abril de 2011

Sobredosis.

Se llamaban Diego y Xavi y los conocí el verano de 1984 en la terraza del bar 8668 de Castellterçol a las dos o tres de la madrugada. No sé muy bien qué coño hacían allí ni qué cuerno hizo que empezáramos a hablar, pero nos encontramos contando nuestras vidas sin prisas alrededor de una mesa entre tabaco negro y cervezas. Y no tengo ni idea de qué mentiras les conté yo sobre mis amplias experiencias vitales a los diecinueve, pero recuerdo perfectamente los silencios que guardaban ellos mientras desbarraba contando chorradas sobre tías y coches. Y creo que amanecía cuando – no sé por qué – decidieron contar su historia. Una historia jodida, dura, cruel, seca. Pero una historia de época. De aquellos años. Anticipo que, en general, no me creo a cualquier gilipollas. Pero esos dos de gilipollas no tenían ni un pelo.

Y su historia no era nada original, la verdad. Veinteañeros heroinómanos en los ochenta era algo jodidamente normal. Lo de ahora es un chiste malo comparado con aquello. Diego, un tipo tranquilo, estatura media y fornido, con veintitrés años marcados a fuego en unos ojos de esos que han visto demasiado y Xavi, alto y espigado, pura fibra y nervio, un par de años menos y buscando permanentemente el asentimiento de su colega. Según dijeron, habían salido de la cárcel (eso del talego lo dejo para los que hayan estado) un par de meses antes, habían decidido dejar ese rollo y se habían comido el mono tiritando o tirados por las Ramblas y sus callejuelas, atracando a punta de navaja a un par de guiris para poder comer. Y hacía ya un tiempo que no se metían nada y que habían vuelto a sus casas. Diego en una familia bien – según me dijo – en el Eixample y Xavi en una familia normal del barrio de Gracia.

Nos fuimos viendo algunos días de ese verano y acabamos por hacernos muy amigos. Estuvieron en casa – modales exquisitos - y yo fui alguna vez a la de Xavi. Diego nunca me invitó. Y conocí la amarga historia del sufrimiento y la soledad de una madre – el padre se había pirado tiempo atrás – y una hermana que no tenían ni idea de qué es lo que tenían que hacer y que – la vida es crudelísima – sólo estaban tranquilas cuando Xavi estaba en la cárcel. "Ahí tiene la enfermería cerca", me dijo con una mirada resignada su madre. Éramos amigos, y ambos contaban lo que querían cuando querían. Pasaron algunos meses y un día Diego se plantó en mi casa. "Xavi ha vuelto a engancharse. No le cojas el teléfono. No bajes si te llama. No vayas a su casa. No veas a su familia. Sólo busca dinero. Nada más. No le busques. Y que no te encuentre. Y lo mismo te digo de mí si te enteras que me he vuelto a enganchar. Nunca te buscaré para que me ayudes. Te buscaré para robarte. Ya te iré contando. Nos veremos", me dijo.

Y sí, nos volvimos a ver. Una vez más a cada uno. Xavi me llamó y quedamos en un bar. Mi amigo ya estaba hundido en ese pozo inmisericorde de la heroína. Le di 1.000 pesetas y le pedí que no me llamara más. No me dio ni las gracias. Se levantó y se fue. Lo encontraron tirado tras una fuente – a escasos metros de su casa - en la calle de la Torre en Gracia. Todavía tenía la aguja clavada. Estuve en el entierro. Diego no.

No supe ni quise saber de Diego. Luego me fui a Pamplona a estudiar, me hice mayor, tuve familia y no volví a acordarme de él nunca más. Hasta que me lo crucé en Barcelona hace un par de años mientras paseaba con mi amigo Nacho Febrer por Santa María del Mar. Creo que salíamos de Misa. Nos miramos un rato pero no me reconoció. Tendió la mano para pedir algo. Ojos vidriosos en una cara demacrada. Nada quedaba de su aplomo. Nada quedaba de Diego. Murmuró algo. Saqué cincuenta euros y se los planté en la mano. Brazos tatuados. Marcas violáceas. Me miró con la mirada perdida entre brumas y acertó a balbucear: "Tú". Sonrió, tropezó, bajó las escaleras como pudo, esquivó a dos quinceañeras que fumaban un porro y se perdió entre las callejuelas con los cincuenta euros agarrados como si la vida le fuera en ello. No creo que me reconociese. Sé que no me reconoció.

Leí su esquela en la Vanguardia poco después. "Sus afligidos padres… murió cristianamente (sic)… deja esposa y dos hijos… se ruega una oración por su alma". No fui a su funeral. No hubiera resistido ver a los niños. NI conocer a su madre.

Hay vidas enteras de penitencia.

Y modas que las carga el diablo.

Ojalá descansen en paz.

De una vez.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Navidad

"Erase una vez un hombre desesperado en un día de invierno con un frío del carajo", pensó al levantarse. Así empezaría el cuento del día de hoy. Hoy era Nochebuena. Era uno de esos días crudos de un invierno crudo. Había dormido fatal. De hecho, casi no había dormido, flotando en una especie de incómodo duermevela y con un frio tal que parecía que le hubiesen amortajado con sábanas mojadas en mitad del Polo Norte. Se giró y vio a su mujer profundamente dormida, respirando pausadamente. Le rozó la frente con los labios. Estaba helada.

Entró en la habitación de los niños. Los dos dormían con esa paz que él envidiaba, sin recordar que un día fue así, sin tantas tonterías, sin tantos problemas. El ambiente gélido de la casa no lo era tanto allí. Una pequeña calefacción eléctrica moderaba los rigores de aquel invierno. El gas del piso estaba cortado desde hacía meses. No recordaba un invierno como ese. No lo recordaba y esperaba no volver a pasarlo. Estaba al límite. Sin más. En todos los sentidos, pero sobre todo, en el económico. No es que no llegara a fin de mes, es que hacía meses que no llegaba a principio. Lo que empezó con un despido de esos bastante bien pagado y algunos meses de margen, se había convertido en una travesía por un desierto interminable jalonado de embargos, cortes de luz, agua, teléfono y gas, llamadas reclamándole deudas, listas de morosos y un rosario de peregrinaciones primero a agencias de colocación, de búsqueda, de selección y luego a bancos, amigos y, cuando ya no pudo más, a la familia. A unos padres ancianos que sobrevivían con apuros y a su hermano, que mantenía con esfuerzo a mujer y tres hijos. "Hermano, ¿te acuerdas? El rico eras tu…", le dijo antes de soltarle algunos billetes. Luz para dos meses, pensó, recogiéndolos. Besó a su hermano y se fue. Otra puerta cerrada. Esquilmada. Quemada. Límite.

Se arregló y salió a la calle. Había quedado a las ocho y la entrevista era en el quinto pino. Era el tipo de entrevista inconcreta de narices que le ponía nervioso. Pero había decidido rematar todos los balones, fuesen centrados como fuesen, bien colocados o fatal, como era el caso. Le había llegado por un amigo. En una empresa estaban buscando gente para la administración. Gente de confianza, añadió. He dado tu nombre. Le había llamado un tal Olalla. Supuso que el de recursos humanos. Ya se imaginó el percal. Veinte chicas veinteañeras con sus estudios de administrativa o lo que fueran y él, con sus cincuenta tacos y su máster y su experiencia haciendo el ridículo antes de salir de la enésima entrevista con una promesa de llamada si resultaba elegido. Bestial. Distancia hasta un nuevo fracaso: dos kilómetros sobre un manto de nieve y bajo un manto de nieve. Hacía un frio que pelaba. Intentó ser positivo. "De ésta, o adelgazas, o mueres", se dijo.

La vio al salir. Era casi una niña. Sentada sobre la nieve, en la esquina, pidiendo a no se sabe quién. No debía llevar ni cinco minutos allí. A saber quién coño le mandaba sentarse allí con el frio que hacía. Ni abrigo tenía. Una especie de capa de camisetas bajo una camisa de chico hacía de abrigo. Los pies embutidos en unos calcetines de deporte rematados por unas manoletinas hechas polvo sobresalían de la pequeña manta que se había puesto encima. "Joder, va a coger una pulmonía doble", pensó. Rió secamente. Hacía siglos que nadie hablaba ya de pulmonías dobles. Pero cuando era pequeño, su madre se lo decía siempre: "abrígate que cogerás una pulmonía doble". Y claro, esto era como las tres horas de la digestión después de comer, una leyenda familiar más falsa que un duro de cuatro pelas. Pero falsa o no, esa chiquilla se iba a congelar sí o sí. Así que miró el reloj, volvió tras sus pasos, subió a casa, cogió una manta grande, comprobó que algo quedaba para que desayunasen los niños, se hizo con un paquete de galletas y lo bajó. Al pasar a su lado se las dio, manta y galletas. La niña alzó la cabeza y, mirándolo con dos ojos que eran clavaditos a los de su hija – azules, grandes, inocentes – le dijo: "Gracias, señor. Dios se lo pagará". Le contestó que sí, que vale, que Dios se lo pagaría, pero que hiciese el favor de irse a casa corriendo. Hizo que se lo prometiese y con la mentira a cuestas siguió andando.

Apretó el paso. Andaba justo de tiempo y llegar tarde a una entrevista de trabajo daba una imagen muy mala. Eso lo sabía. No hace tanto había contratado gente. Casi nada funcionaba, pero tenía una memoria suficientemente buena. Aceleró. La nieve caía con intensidad. Enfrascado en sus pensamientos no vio al hombre que, más lentamente, caminaba delante. No llegó a tirarle, pero casi. Balbuceó una torpe excusa y le ayudó a medio incorporarse. Le miró y creyó ver en el cuello tras el abrigo una especie de tira blanca. Un cura, pensó. Debía serlo porque sólo a un cura y a un imbécil como él se le ocurría pasear el día de Nochebuena a las siete y pico de la mañana con una nevada monstruosa. Tenía cara de buena persona. "Un cura viejo y alto que va a celebrar misa de ocho", se dijo para sí. Tenía facilidad para eso, para catalogar a la gente. Reemprendieron la marcha andando parejos. Nadie más se veía por allí. A lo mejor fue el cura el que preguntó o él se interesó por algo, pero el caso es que empezaron a hablar. Y a lo mejor fue la cálida voz del cura o cómo asentía a lo que le contaba, o esos silencios que intuía llenos de comprensión o la necesidad de contar los sufrimientos a un desconocido, pero el caso es que se sinceró. Mucho. Muchísimo. Y le habló de la lucha, de sus preocupaciones, de sus hijos que cuando lo veían abatido se lanzaban a abrazarlo, o de una mujer que no había torcido el gesto ni un día a pesar de las penurias. Y de su familia, y de la desesperanza y la esperanza. Y del agotamiento por la noche y la dura tarea de buscar trabajo por las mañanas. Y del convencimiento de que las cosas irían mejor y su teoría de que había que rematar todas las ocasiones. Y le contó que se dirigía a la enésima entrevista y que no sería la última. Y habló durante kilómetro y medio bajo la nieve. Y escuchó pocas palabras del cura, pero intuyó una reconfortante comprensión. Se despidieron en una esquina cercana al lugar donde iba. "Suerte", le deseó el cura.

Llegó poco después y entró en el edificio. Una secretaria con cara de fastidio le acompañó a una sala pequeña pero acogedora, despidiéndolo con un "el Presidente, el señor García de Olalla llegará en unos minutos". Estaba aterido de frio. Dejó abrigo, bufanda y guantes y se dispuso mentalmente a repasar su currículum.

Cuando se abrió la puerta supo que no haría falta.

También supo que la búsqueda había finalizado.

"Feliz Navidad", dijo Manuel García de Olalla.

Y su voz sonó cálida. Como antes. Bajo la nieve.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Seres superiores

Ahí están. Habitualmente haciendo equilibrios en lugares a los que nosotros nunca iremos. O si vamos será para ver, oír quejas, sacar fotos, contarlo a los amigos, ponerlo en el facebook, pedir a alguien o dar algo de pasta para ellos y olvidar lo antes posible. Pero aunque olvides, ahí siguen ellos. Seres humanos que han decidido que el prójimo es el pobre y el miserable, y han decidido dar su puñetera vida por el que sufre. A paliar la miseria. A vivir la miseria, a ser miseria. Porque la miseria huele mal, sabe mal, sienta mal y es jodida y mísera. Y estamos en un tiempo y un lugar en el que lo feo lo escondemos. Y lo feo de cojones, lo obviamos, amparados en la teoría cierta de que ojos que no ven, corazón que no siente. Y con la ventaja de que cuando sale por la tele, podemos cambiar de canal y pasar de ver al niño moribundo enfermo de sida y desnutrido con la cabeza huesuda y el vientre hinchado a pasar a ver a la zorra de Carmen Lomana probarse un collar de Tiffany´s de esos que cortan la respiración, cariño. O sea de los divinos, cielo. Y si aguantas la nausea de ver a esa momia muerta cubierta – como buena momia – de oro y vacuidad, a lo mejor te da tiempo de zapear dos o tres veces hasta recalar en algún programa de esos medio currados que eviten que vomites. Uno de esos de delfines, que son casi tan listos como los humanos y eso sí, cuando sonríen te enternecen el alma, no como esos jodidos niños negros moribundos de África, que esos te cortan la digestión con sus moscas y su mierda y esos ojos que nos miran. Joder. No pueden morirse sin tocar las narices.

Vivimos en una sociedad fuertemente anestesiada. Uno puede vivir toda su vida sin rozar la miseria. Y no hace falta ser multimillonario para eso. Hace falta ser sólo un desvergonzado. El ser humano tiene una responsabilidad grave frente al ser humano. Y si nos va bien adornarla de religión, pues perfecto. Pero no se trata de eso. Se trata de no esconder el ansia natural del hombre de ayudar al hombre. Es natural. Llevamos mal el sufrimiento y el horror. Las lágrimas brotan de forma espontánea ante el dolor ajeno, conocido o desconocido. Ninguno de mis amigos ha estado en Haití – frágil memoria – pero todos sentimos como propia esa desgracia. No hace falta teorizar. Es así. Algo nos une al resto de la humanidad. Ya habrá quien diga qué es. Yo no lo sé, pero sí que eso entra dentro de lo esencial del hombre.

Y algunos eso lo tienen muy claro y han decidido dar su vida entera o gran parte para paliar el sufrimiento. Por las más variadas motivaciones, todas nobles. Como Teresa, que se lanzaba a besar las llagas de los moribundos en Calcuta, siendo fiel a la Iglesia. O Vicente Ferrer, que cambió la vida de millones de personas y cuando – en un programa que vi – una periodista le preguntaba, con ese rollete progre-descreído en busca de la complicidad atea, si creía en Cristo, le contestó: "no, yo no creo en Cristo. Como no creo en ti. Yo te veo a ti. De la misma manera veo a Cristo". Y claro, la otra se quedó descolocada y sin palabras. O esas monjas que nunca salen por las teles, pero que dedican toda su vida al prójimo en sitios alucinantes en términos de violencia y miseria. Dando consuelo a hermanos nuestros de los que no nos acordamos nunca, tan preocupados que andamos con nuestras hipotecas, nuestras reuniones, nuestras depresiones, nuestros compromisos y nuestras mierdas. O como mi compañero de curso de La Farga Xavi Gómez, que se metió en Médicos Sin Fronteras y ha vivido con toda su familia en Ruanda y en otros sitios así, fáciles y bonitos. O como mi amiga la doctora Maite Lucena, que está siempre atenta a dónde hay un desastre para ir a toda leche a dejarse la piel durante días para salvar vidas o hacer lo que pueda. O como Ignacio, que se va a Vietnam con toda su familia (mujer y OCHO hijos) a – qué palabra tan bonita y tan desprestigiada – evangelizar por aquellas tierras. O como nuestros amigos Miquel y Montse que cada sábado van al Cottolengo de Barcelona – uy, ¡qué cerquita está! – a ayudar a aquellas que han decidido dar su vida entera por personas con enfermedades o taras gravísimas a las que consuelan a veces – porque no hay más que hacer – ayudándolas a morir dándoles la mano. Sin más.

Y conozco otros, héroes anónimos, que han decidido vivir esta vida un escalón por encima de los demás, aunque ellos siempre dicen que es un escalón por debajo. Son seres superiores. Con unas servidumbres igualitas que las mías. Pero con una actitud y una voluntad diferente. Una actitud que les lleva a ser unos inconformistas con las situaciones injustas. Y una voluntad que les ayuda a trascender de la mera queja de café, para ponerse manos a la obra.

Hay días que me siento un ser inferior.

Menos mal que vivo rodeado de amigos que son seres superiores.

¡Menos mal!

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cristiano Ronaldo

No, si personalmente el pájaro me cae como una patada a traición en la boca del estómago. No me iría a tomar una copa con él ni aunque estuviera rodeado de todas las zorraherederas de imperios hoteleros. Que lo está. Me parece un cantamañanas. Me cae tan mal, que si por casualidad Sandro Rosell enloquece y echa a Guardiola y ficha a Paris Hilton como entrenadora del primer equipo (Laporta ha fichado para su ¡exitosa! campaña o lo que sea que ha hecho a la actriz porno Maria Lapiedra, así que todo puede pasar) y ésta nombra a Ronaldo como delantero centro y trajinador particular, me borraré del Barça y me haré seguidor del Español, que es un equipo que siempre está ahí, sufridor, pequeño y feo como el jorobado de Notre Dame, pero con una afición (gran misterio) que se identifica con esos colores tan cercanos al blanco…

Pero en el rollo profesional, el portugués de oro es otra historia. Además de ser uno de los mejores futbolistas del momento – lo de Messi, le guste a quien le guste y le joda a quien le joda es otro nivel – es un tío muy serio que entrena más que ninguno para ser el mejor. Que no sale cuando hay que currar – no como nuestro querido y simpático Ronaldinho, que acababa con las reservas de alcohol del Baix Llobregat fuera el día que fuese – y que, además, sabe que es muy bueno y no va por el mundo de humilde total ni agachando la cabeza por jugar tan bien al fútbol. Y eso es una de las cosas que más me gusta de este imbécil. Su total y absoluta falta de humildad. Me gusta.

Y me gusta porque Dios le dio unas capacidades determinadas, y el tío, como si fuera Terminator, se ha dedicado a potenciarlas, desarrollarlas, perfeccionarlas, machacándose para intentar ser el mejor. A fuer de ser exagerado, vive obsesionado con ser el número uno. Y si no lo es, es por mala suerte, porque ha coincidido con ese milagro en forma de pulga argentina. Y Cristiano me gusta porque no se calla. Lo dice, lo exhibe y lo echa en cara. Y sí, es muy cierto que si fuera humilde, pues sería estupendo para su alma y a los adversarios les jodería menos. Pero, objetivamente, en ese circo, no tiene ni un solo motivo para ser humilde. Ahora lo que tiene que ser es soberbio, altivo y gilipollas. Porque todo eso le define. Y porque los que empezamos a ser mayores, sabemos que tendrá miles de motivos para ser humilde a la fuerza cuando deje de tener esa velocidad explosiva, o su disparo pierda fuerza o precisión, o su hija se enamore de un carnicero bizco de Milwaukee o le pase cualquiera de esas cosas divertidísimas con las que la vida te va poniendo en tu sitio.

Además, es que a mí los humildes me ponen de mala leche. Naturalidad, joder. Si eres listo no tienes por qué ir diciendo que eres gilipollas o soltando insensateces para igualarte con los tontos. Y si haces tal o cual cosa con – como diría algún giliheadhunter – un desempeño superior, no tienes por qué ocultarlo, ni decir que sí, que en fondo eso lo hace cualquiera. Porque no es verdad. Y porque detrás de algo bien hecho siempre hay una cierta facilidad – o cualidad innata – o no, y – esto seguro - millones de horas de trabajo, entrenamiento, repetición, en suma, búsqueda de la perfección. Hay tantas horas – esto lo saben bien quienes se toman en serio cualquier cosa – que cuando te encuentras a un perezoso que, con cara de admiración te mira y te suelta, por ejemplo: "¡claro, es que tú tienes facilidad para vender consultoría!", lo que te apetece decirle es que sí, que la capacidad de venta de consultoría te la traspasan con la leche materna, y que se deje de gilipolleces y se ponga a currar. O que haga lo que le salga de las narices, pero que no toque los huevos.

Por eso, cuando Cristiano les dice a los periodistas, acostumbrados a acojonar al personal – otro día hablaré del poder de informar en manos de inútiles o indecentes – que "al que no le guste lo que hago que cierre los ojos" o "si le gusta el fútbol le gustará lo que hago" pues qué quieren que les diga, a mí que me gusta el fútbol, pienso, "olé tus pelotas, chaval".

A pesar de tu cresta, hortera.

¡Qué jugador!

¡Qué gilipollas!

lunes, 22 de noviembre de 2010

¡No quiero más amigos!

No sé muy bien por qué, pero resulta que tengo amigos. No hablo de mis queridos amigos del facebook, a la mayoría de los cuales ni conozco ni conoceré en mi puñetera vida. Hablo de los amigos de verdad, de esos con los que, en algún momento de la existencia, algo hice para conectar o no, y que tras varias desconexiones o conexiones, pues eso, tienen clavada esa etiqueta a la que la gente le da tanto valor.

Esto de los amigos es muy curioso, o sea, uno hace el mayor de los esfuerzos por vivir con el menor número posible de relaciones humanas cercanas y no hay manera. Parece que el ser humano tiene un imán en el alma. La gente te rodea, se acerca, se comunica más o menos torpemente, te suelta un rollo que te cruje, escucha tus chorradas y, al final, pasa eso, que tienes un amigo donde antes no tenías nada. Y eso debe ser normal y hasta bueno, porque cuando le preguntan a un fulano de andar por casa qué es lo más importante del mundo mundial y tres armarios, después de mentar a la familia directa – la suegra y todo el rollo "políticomatrimonialinevitable" lo obvian hábilmente – sueltan eso tan manido de la importancia de los amigos. Pues vale. Será así.

Hace un tiempo, cuando mi padre cumplió creo que 70 años, los hijos le montamos un sarao y un libro, hicimos una lista de amigos para que pusieran algunas palabrejas sentidas o no así como de recuerdo y cuando llevábamos 300 pues paramos, porque aquello amenazaba con ser el Larousse de la amistad. Y esto es así porque mi padre es un profesional de los amigos. Es de esos que llama siempre en los cumpleaños, santos, aniversarios, etc. Y claro, a la peña eso le encanta. Probablemente porque es lo que hay que hacer. Yo simplemente no sé hacerlo. O sea, no me sale. Pero bueno, no dejo de intentarlo. O sea, que estoy en ello (recurso dialéctico que significa que paso cantidad de hacerlo). Lo que es seguro es que si llego a los setenta mis hijos lo tendrán más fácil.

Pero aún así, tengo un montón de amigos. Algunos son de esos que desearías no haberlos conocido, más plastas que la gallina Caponata o más cursis que Antonio Banderas – alguno tengo que viste pantalones rojos y todo -, pero ahí están. Y supongo que ellos piensan cosas similares de mí, pero no se mueven los tíos. Como todo el mundo los tengo de todos los colores y condición, antigüedad, creencias, sexo y capacidad. Tengo amigos tontos del culo y lumbreras, amanerados y machotes, recién salidos del horno y con más telarañas que mis palos de Golf, cantantes, críticos taurinos, abogadetes, consultores, parados. Tengo hasta amigos curas, de esos de negro. Que ya es tener.

El otro día nos fuimos a cenar Maite y yo a casa de unos amigos. En este caso es cierto lo de matrimonio amigo, porque somos amigos de los dos. Él, un viejo rockero que a los cuarenta y pico y con ocho hijos detrás le ha dado la ventolera de montar una banda de pirados que tocan de maravilla. No sé si se disolverán en dos meses, pero en el "mientras" se lo están pasando como enanos. Ella, una mujer estupenda a la que el tiempo y la maternidad la han convertido en una mujer de bandera. Como añadido imprescindible andaba un amigo común, que – el cabrón de él - a los cuarenta sigue soltero y que el día menos pensado se levantará una torda espectacular como Dios manda y, tras el obligado paréntesis de prospección interior, la llevará al altar y se verá rodeado de churumbeles en menos que canta un gallo.

El caso es que entre la compañía, la cena ligera, los cigarrillos, las risas, los recuerdos amables, el vinito, los cafés y las copas, allí se estaba en la gloria. Tan en la gloria que a eso de las cuatro de la mañana – siete horas después del inicio de la cena – alguna empezó a decir eso de "estos señores tendrán que descansar" y, como pasa siempre, una hora después ya nos íbamos.

Y me dio por pensar. Ya se ve que pensar con un litro de vino y algo más de licor entre pecho y espalda da para desbarrar en chorradas múltiples. Y a mí me dio por pensar en que si el más allá para los buenos existe, quiero que sea esto. Y como las estupideces que pienso procuro, si no razonarlas, sí cuantificarlas – defecto heredado, sin duda, de un padre ingeniero – pensé: unos 10.000 millones de humanos allí, todos en plan celestial, a un par de horas de cenas gloriosas con cada uno, salen unas 20.000 millones de horas de gloria bendita, bebiendo y comiendo como en casa de Jordi y Marta, o sea inenarrable. Y eso, según un cálculo que me he molestado en hacer, resulta que son – más o menos – unos 2 millones de años. Eso sólo cenando.

No quiero ni pensar el resto del día.

Levito sólo de pensarlo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ratzinger

Que sí. Si está más claro que el agua. Que tiene menos gracia que Juan Pablo II. Es menos viajero, tiene una cara menos afable, más dura, de esas a las que queda mejor un reproche que una sonrisa. Que sí, que conecta menos con el pueblo y a algunos católicos – entre los que me cuento – nos gusta menos que el otro. Mi mujer, que es muy buena persona, dice que este Papa es más de leer que de escuchar. Pero a mí eso me suena a excusa de santo. Y la verdad es que este Benedicto XVI queda peor en la tele y en las fotos. Eso es indudable. Y, además, ese rollo de que ha sido el Inquisidor de la Iglesia ha calado en la marabunta que, que jaleada convenientemente por algunos que odian a la Iglesia, ha hecho que gente de bien mire con cierto recelo a un hombre sobre el que descansa una responsabilidad enorme y que nadie quiere. Ni los cardenales. Un pariente mío, que fue cardenal durante muchísimos años, me dijo un día: "Para ser cardenal, hay cola. ¡Pero para ser Papa no hay ni uno!". Y es que el Cardenal Javierre, además de ser un santo y un teólogo de una gran finura, era una persona muy divertida.

Hay buenas biografías sobre Benedicto XVI y más que las habrá. Un sacerdote amigo mío, Pablo Blanco, ha escrito un libro que debe de ser una maravilla y que un día, probablemente cuando ya no sea Papa, me leeré. Pero yo, que de Ratzinger sé más bien poco, sé algunas cosas. Por ejemplo, que en la época post conciliar, entre floridas interpretaciones del Vaticano II y la efectiva estrategia de penetración marxista en la Iglesia, concretamente en las comunidades de base, con gran expansión en Iberoamérica pero también en España y Europa, con el apoyo intelectual inestimable de la teología "progresista" alemana y algunos jesuitas españoles, no fue sino el cardenal Ratzinger quien se mantuvo firme como una roca frente a esas desviaciones liberacionistas. O sea, marxistas en su inspiración, constitución y praxis. Vacías de teología y llenas de una antropología directamente marxista. Fue Ratzinger (y obviamente Juan Pablo II) quien luchó como pudo contra esa marea, desde mi punto de vista, perfectamente orquestada en aquella época por el marxismo internacional, de manera que caído el muro, se acabó la teología de la liberación, aunque no sus efectos en forma de profunda división de la Iglesia en muchos países, sobre todo latinoamericanos,

Mientras su amigo Küng desbarraba (es así, son amigos), él mantuvo incólume el dogma. Y sí, ya sé que eso es especialmente molesto para los que piden que el dogma se disuelva como una azucarillo y que el derecho divino positivo pase a ser derecho (o no) mundano para que la Iglesia se haga más comprensiva con los que quieren amancebarse con la mujer del prójimo sin mayor consecuencia o aquellos que quieren que se abra a la gran verdad de que la persona es o no es persona dependiendo de lo que apruebe un parlamento (como si algunos cientos de representantes - alguno profundamente tonto - pudieran conformar realidades que exceden de sus pobres entendederas), o aquellos que, con la excusa de un gran amor eclesial (me descuajeringo de risa), no tienen contemplaciones en masacrar a todos los que guardan estricta fidelidad a la Iglesia y a Cristo.

Y ha sido Ratzinger quien, con un par de narices - ¡ya era hora! – ha empezado a destapar los nauseabundos casos de pederastia en la Iglesia. Y a pedir perdón. Y a decir que se han hecho las cosas muy mal. Y a provocar una crisis en la Iglesia de la que saldrá – sin duda -más pura. Sólo me ha faltado que entregase uno por uno a las autoridades a todos esos hijos de mil padres, abusadores y violadores, para que purgaran en la tierra todo el mal causado, antes de que revienten y se pudran en el infierno o donde vayan a ir esos delincuentes. Gentuza.

Este sábado iré a recibirle al Palacio Episcopal con mi mujer y los siete hijos.

Y al día siguiente iré a verle a la Sagrada Familia, con mi mujer y los siete hijos.

Por todo lo anterior y, si, también para molestar a esa peña que odia a la Iglesia. Pero sobre todo porque, con sus enormes imperfecciones – mínimas comparadas con las mías -, es Cristo en la tierra.

Y eso es muy serio. Para un católico, demasiado serio como para no ir.

Bienvenido, Benedicto XVI.

lunes, 25 de octubre de 2010

El florecimiento de los capullos vivientes

Sólo pensar que existe la remota posibilidad de que permitan el uso de los teléfonos móviles en los aviones me provoca crueles sarpullidos y océanos de sudores fríos; tan mal me encuentro que estoy a pique de telefonear a mi queridísimo Pepiño Blanco y rogarle e implorarle por Santa Bibiana, Santa/o Bibi Andersen, Santa/o/e Aído y la Beata de Virtudes Heroicas Pajín que haga uso de los poderes delegados por el gótico-dórico-jónico y lo prohíba. Por la gloria de su madre. Por Dios bendito. Por el descanso y la paz de mi alma, Rubalcaba mediante.

Están a punto de violar el último sacrosanto lugar de las personas normales. Los gilipollas se meten por doquier. Y este doquier - estrecho, incómodo y mal ventilado, pero vedado a los móviles – era hasta la fecha inexpugnable, bajo las incomprensibles y peregrinas excusas cantadas por la azafata de turno: "Rogamos apaguen los dispositivos electrónicos por el riesgo de que produzcan interferencias con los instrumentos de vuelo". A mi esta frase me parece preciosa, y junto a la gilipollez del chaleco salvavidas en el puente aéreo - por si te caes al Ebro, no vayas a sobrevivir al tozolón y te mueras ahogado -, es una de mis preferidas. Porque está dicha para que la gente la escuche, pase de todo, cierre los ojos y se duerma. O no. O vuele aterrorizada. O se sople tres whiskies. O lo que suela hacer en el avión, pero con la seguridad de que esas palabras de la azafata dando instrucciones absurdas son las únicas que oirás de fondo en todo el vuelo.

Pero eso está a punto de acabar, si alguien no lo remedia, que no lo remediará. Vamos a perder sin lucha el último lugar público que quedaba a salvo de los zombies androides con móvil incorporado que, como aquella peli de Bruce Willis, creen que están vivos, pero en realidad están muertos y que han tomado ya todo espacio público, sagrado o pagano.

Según mi experiencia, los hay de dos tipos: los muertos que se creen Consejeros Delegados de ENDESA y los muertos que se creen Madoff. Los dos creen que están vivos, viven en un mundo que no existe, no saben que han muerto, odian lo que hacen y se creen más de lo que son. A veces interactúan con el mundo que les rodea pero su estado natural es hablar a gritos con un teléfono móvil con – según he podido comprobar - dos objetivos: cerrar absurdos acuerdos que nadie se cree con otros muertos que se creen también Consejeros Delegados (suelen ser IBERDROLA) y criticar o dirigir a otros prójimos que sólo existen en su imaginación. Las conversaciones suelen ser de esta guisa: "Loli, cariño, ¡Cómo es que no han llegado los tablones de contrachapado a nuestra delegación de Ciudad Real! ¿Está Jiménez detrás de eso? ¿Cómo es posible que el track no funcione? ¡Contratamos la trazabilidad de la madre que parió al RFID para estos casos! Habla con la central y que Benita les de caña a esos hijos de puta. ¡Yo no puedo perder ese pedido! ¡Pon a Ramírez en marcha y dile que YO he dicho que enruten la archiCPU del cuadro madre y que, si no chuta, reseteen el sistema entero. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…! ¡Que lo hagan! Just do it! Be water!... o todo desaparecerá como lágrimas en la lluvia ". Y el capullo florecido con esa especie de cosa ridícula sobre su oreja, cuelga o lo que carajo haga, para inmediatamente contactar con el resto de la peña y seguir tocando los huevos un rato.

Es una auténtica tragedia, pero es un hecho incontrovertible: con la llegada del otoño, junto con la caída de la hoja caduca, los capullos perennes florecen que es una barbaridad. Y a mí que florezcan en el amapolado campo me trae al pairo. Pero que lo hagan en el impoluto y cerrado AVE Barcelona – Madrid o a la inversa, me pone de mala leche. Como tengo siete hijos, procuro viajar en preferente – me sale tirao – con la vana esperanza de poder evitar a esos vendedores de cuarta híbridos entre Belén Esteban y Joan Laporta. Pero ya han invadido la preferente y paso de cambiarme a Clase Club. Esto ya es un pastizal y lo dejo para la Nebrera, la Sánchez Camacho y otras políticas así, de alcurnia. Así que me iba en avioncete, a salvo de esta sarta de capullos. Pero esto se acaba. No me dejan más alternativa que aguantarlos. O sea, no sólo no puedo fumar, sino que además estoy obligado a soportar sin arrear guantazos a todo pesado con una Blackberry.

Es curioso. Lo he dicho en algún sitio (cada vez que puedo), pero lo repetiré: el acceso de gente sin ninguna formación a puestos de responsabilidad es letal para las empresas y molesto y casi letal para el resto del mundo.

¿Para cuándo móviles con fotos de capullos asesinados por gritar en espacios cerrados?

"Gritar por el móvil puede provocar la reacción airada del prójimo. No sea imbécil", sería la leyenda.

Pero no caerá esa breva.

A joderse toca.