miércoles, 4 de julio de 2012

Amigos

Total, que había acabado la semana anterior muy preocupado y esta la empecé más o menos igual. Como creo haberlo dicho ya, llevo muy mal la enfermedad ajena, y si es de alguien cercano, como es el caso, fatal. Y esto no es nuevo. Me ha pasado toda la vida. Cuando mis hijos eran pequeños y estaban enfermos – una de mis hijas tenía unos fiebrones fenomenales - el que acababa enfermo era yo, de verlos. O sea, que lo del sufrimiento ajeno me puede. Y trabajas, te reúnes, comes, cenas, duermes… vives, en suma, intranquilo. Y andas de aquí para allá con un nudo en el estómago. Como me gusta precisar, diría que es un nudo de los llamados "As de guía español", que parece que es para cargas pesadas y difícil de deshacer. En fin. Toda esta introducción sobre nadas y nudos era para decir que así andábamos: jodidos.

Ya se sabe que cuando uno está jodido, cuesta ver las cosas con alegría, optimismo y paz. Es lo que tiene el asunto: el hombre es así. Y aunque está hecho para vivir feliz, muchas veces andas angustiado, con esa sensación extraña en la piel, ese temblor en el ceño y ese desasosiego desde la nuca hasta los pies. Bueno, también hay héroes de esos que los miras y alucinas que, aunque les caigan chuzos de punta, sonríen como si nada pasara. Incluso los hay que dan gracias a Dios por todo lo que les pasa, sea bueno, malo o regular. Yo conozco alguno, y son admirables. El caso es que estaba un poco cansado de no encontrar el tono vital de casi siempre. Cansado de forzar el gesto positivo en comidas y reuniones. Cansado. Así que el martes agarré el teléfono y llamé a Rafa para anular la comida que tenía ese mismo día. No me gusta hacer eso pero necesitaba estar solo, rumiar mis preocupaciones, darme un poco de pena y seguir.

Desgraciadamente no pude. Un móvil fuera de cobertura y una secretaria que ya había reservado hicieron que me plantara en el Restaurante a la hora en punto. Y allí estaba Rafa. Aclaro lo que he dicho ya: yo tengo muchos más amigos de los que querría, a pesar de mi resistencia activa a hacer amigos nuevos. Y de entre esos amigos, tengo amigos trabajadores, puntuales, serios, eficaces y ocupadísimos, como Rafa. Y otros que son unos vividores, mujeriegos, enormes bebedores, a los que todo se les da una higa, con un huevo de cosas condenables y a los que lo que puedan pensar los demás les deja fríos. Como Rafa.

Total, que tras un abrazo, nos sentamos en la mesa del Merendero de la Mari, en plena Barceloneta. Y empezamos a hablar. Le conté en un par de minutos que andaba preocupado y el por qué. Escuchó seriamente y me dijo: ¿qué vino pedimos? Hablamos un rato de vinos – yo sé más bien poco – y no tengo ni idea de por qué la conversación se deslizó por otros vericuetos. Y entre vinos y vieiras, navajas y calamares, y más vino y casi todo lo que nos apeteció – que fue mucho – estuvimos horas – interrumpida por una llamada que hizo Rafa -hablando de lo divino y lo humano y de lo profesional y de los inicios, de cuando éramos jóvenes. Y nos caíamos de risa cuando le conté que, en una de las primeras entrevistas de venta que tuve, en Canarias, con un calor tremendo, le dije a la posible cliente – una señora estupenda- "¿le importa que me quite la camisa?" y ella, sin dejar que reparara mi error, veloz, me replicó: "quizá haya que esperar primero a que hayamos firmado el contrato ¿no? Lo digo por tener algo en común". Y Rafa me contó cómo contrató a Chiquito de la Calzada, antes de que fuera famoso. Y que, con un par, se lo llevó a la convención de directivos de una Caja de Ahorros, y que aún recuerda al Presidente – un tipo serio y estirado - llorando de risa – fistro, pecador de la pradera, tedacuéen – pidiendo al humorista que, por el amor de Dios se callase. Y le conté mi primera intervención en una consulta, en Valencia - con mi padre y mi hermano Leo -, en la que, estaba tan nervioso, que convertí la crítica constructiva que tenía que hacer de cada participante, en una retahíla incomprensible de palabras, en las que destacaba de vez en cuando, un juicio ofensivo a los participantes, que miraban atónitos cómo un chaval los insultaba. Dos horas después, camino de Barcelona, mi hermano Leo tuvo que parar el coche porque se moría de risa.

Y así pasamos seis horas, comiendo y llorando de risa. Y cuando la camarera se fue y nos dijo: "no se olviden de cerrar cuando se vayan" nos dimos cuenta de que había que levantar el campamento. Y con mucha coña, le dije a Rafa: "¿Tú qué tenías que hacer esta tarde?". Y cuando me contestó que tenía que haber volado a la Coruña, pero que tranquilo, que ya lo había anulado, lo miré con sorna, pero su cara me dijo que era verdad. Y recordé esa discretísima llamada durante la comida. Y el cambio de planes. Y la coña, y las risas, y las historias, y el vino, y la comida hasta las nueve de la noche y todo eso que hizo mi amigo Rafa porque en el minuto uno de la comida vio que estaba jodido. Y cuando nos despedimos y le di las gracias – de verdad, gracias- , me miró con esa cara de "anda no me jodas, para qué te crees que están los amigos".

Y pensé que soy un privilegiado por tener los amigos que tengo. Amigos que están cuando los necesitas. Que no se borran. Que no se excusan. Que no se esconden. Que hablan poco y hacen mucho. Generosos y desinteresados. Que te conocen. Con tus cosas buenas y malas. Sin juzgarte. Ni tú a ellos. Y que a pesar de todos tus defectos y, seguramente también por todos ellos, siguen siendo amigos. Y sabes que ahí están y ahí estarán siempre.

Sigo con el nudo en el estómago.

Pero pesa menos.

viernes, 25 de mayo de 2012

“Cloquetas”

Andabas marcando paquete, porque tú siempre fuiste así. Un tipo superior. Cutre power. Daba igual que algunos pijos de mierda de tu clase o ese par de empollones a los que tenías acojonados en el "insti" se rieran de ti por lo bajini cuando metías la gamba hablando -"el otro día ganemos al fúmbol"- o sacabas pecho ante ese par de chonis que, como eran tan paletas como tú –"cloquetas, pograma" – andaban encantadas con tu cresta del pájaro loco, tus tatuajes de amor de madre, tus piercings, tus pantalones que cortan la circulación o esa mierda de botas de imitación de serpiente que compraste a un buhonero tronado que perdía su vida por la marginalidad donde naciste y te criaste.

Y sí, pasaste mucho de esa mierda del estudio. Y no eres culpable, porque tus padres apenas tuvieron tiempo de educarte trabajando quince horas al día para que tú, pedazo de capullo, decidieras perpetuar su miseria. Y hermano, no tuviste ni la excusa de tener una familia desestructurada, ni que tu madre fuera puta a horas o tu padre un alcohólico con bate de beisbol. Nada de eso. Dos humildes trabajadores andaluces en una Cataluña rica que gastaron todas sus fuerzas en darte de comer y suplicarte – tu madre entre lágrimas, tu padre a gritos- que estudiaras, para poder labrarte un futuro mejor que el que tuvieron ellos. Lo que los padres normales y corrientes desean para sus hijos. Y que los hijos a veces escuchan y a veces no.

Incluso tuviste la potra de tener algún amigo de verdad – eso no pasa siempre – que te dijo y redijo y se cansó de decirte que corrigieras el tiro. Que el tunning, las tías, los porros, las copas y las peleas tienen fecha de caducidad. Y que la juventud pasa a toda leche. Y que para cuando la vida te da los primeros golpes, es bueno tener algo que te mantenga firme en el suelo. Algo más sólido que unas botas de serpiente sintéticas. Pero pasaste mucho de esa brasa. Que estudie su padre.

Y te pusiste a currar. De obrero de la construcción. Vaya, de paleta de toda la vida. Y pillaste la época en la que en España se construía al son de la desvergüenza de los bancos, de las promociones en terreno radioactivo, de la estupidez de las parejas de catre y piso, de la pasta que iba y venía para todo el mundo. Incluso para los paletas. Y te levantabas algunos miles de pavos al mes. Y como eras joven y tonto del culo, pensaste que la "barrecha", el colegueo, el curro del ladrillo – duro pero bien pagado - , el silbido y la grosería a la chorba desde el andamio y el vacile al capataz iban a ser eternos. Hasta que todo empezó a irse a tomar por culo. Y lo viste por la tele, cuando te estabas dando el filete con la Jessica. Un tipo con corbata llevando una caja con sus cuatro cosas saliendo de un edificio de Nueva York. Y algo así como Lehman Brothers en el titular. Pero no te enteraste ese día. Ni lo sospechaste, porque eres un analfabeto funcional.

Te lo dijeron un mes más tarde. Y ahí si lo pillaste a la primera: a la puta calle. Intentaste balbucear al capataz que no te hiciera eso, que justo el día anterior la Jessi había venido con una falta y, aunque te costó, al final dedujiste que estaba preñada. Pero al capataz, tú, la Jessi y la madre que te parió se la sudaba mucho. Tú eras español y caro. Y hay una cola de senegaleses que curran más, hablan menos y no son tan gilipollas. Y ya puestos, te confesó que le caías como una patada en los cojones y que pasaras por la oficina, recogieras el finiquito y te abrieras.

Y ahí estás. Con tus padres y la Jessi. Y su bombo. Y tu coche tuneado que no sacas porque no tienes ni para gasolina. Y ya no marcas paquete ni marcas nada. Y tienes la suerte que no tienen otros. Tienes unos padres que te han acogido y que intentarán educarte otra vez. A tus 27 tacos. Gilipollas.

Lo llevabas marcado a fuego en tu cuerpo. Carne inmisericorde de paro.

Porque es mentira que el paro se geste en las crisis.

En las crisis se agrava, pero gestarse, se gesta en la adolescencia.

Ahora ya lo sabes, chaval.

Tarde. Pero lo sabes.

lunes, 20 de febrero de 2012

Que seas feliz

La conocí hace más o menos veinte años en un país de América del Sur, en unos de esos viajes de cuando eres joven y todo te parece nuevo, y los colores son más vivos y los olores más penetrantes, y te tomas el trabajo y la vida mucho más en serio de lo que realmente debes. Era la hija de una cocinera de una fábrica en la que trabajábamos y nos hicimos muy amigos. Su familia me abrió las puertas de su casa y fui tratado como un hijo más. Ella tenía novio y planes de boda y hablaba de su futuro con el brillo de la ilusión y la esperanza. Decía que para qué ibas a vivir siendo feliz al 80% si puedes serlo al 114% o al 130%. Éramos amigos. Luego volví a España y –bendita juventud – nos prometimos no perder el contacto. "No te olvides invitarme a tu boda", le dije. Como el hipotético lector habrá deducido, no volví a verla en años.

Me fui enterando de cosas a través de amigos comunes. Una vida dura. Como desgraciadamente las hay tantas. Se fue de su país y se casó con un verraco de tres pares con el que no pudo ni vivir decentemente. Tuvo una hija y se separó. Sufrió lo escrito y lo por escribir. Volvió a su país tras doce años de lucha, sin un duro y con su hija de diez años porque pensó que así su hija estaría más protegida. Si, ya sé que las madres tienen que proteger a sus hijos, pero nada se dice que deban protegerse de la vida mientras lo hacen. De vuelta en su tierra, montó una empresa y -con grandes sacrificios – consiguió ser una de las empresarias importantes de su ciudad. Seis líneas para resumir miles de horas de sacrificio y sufrimiento.

Hace poco recibí un mail suyo preguntando si el autor del libro "Soy Consultor (con perdón)" era yo y, en el caso de que lo fuera, si era el yo que ella creía y que si me acordaba de ella. Le contesté que sí a las dos cosas y, tras ponernos más o menos al corriente de la vida, aprovechamos uno de sus viajes a Europa para comer juntos. Los años no pasan igual para todos, reconocí con pesar. Nos contamos la vida – yo, felizmente casado y con siete hijos – y ella enfrascada en su empresa y con su hija adolescente. "Aunque he conocido a un tipo y estoy ilusionada", me dijo. Uno que dice que la hará feliz. Claro. Todos lo intentan, aunque la mayoría no sabe ni por donde empezar. Pero, sabiendo o no, todos lo dicen. Le dije que claro, que seguro. Que a ver si aprovechaba para anular la farsa anterior y casarse como Dios manda. Y claro, me respondió que sí, que está en ello: "Recuerda que te tengo que invitar a una boda" – y remató – "creo que tengo derecho a tener la posibilidad de ser feliz ¿no?".

Es curioso. Se ha sacrificado gran parte de su vida para sacar adelante una hija más sola que la una, resistió como una jabata un matrimonio con un verraco en un país extraño, trabaja de sol a sol para sacar adelante a la familia y ¡aún se pregunta si tiene derecho a ser feliz! Y me he quedado pensando –me debo estar haciendo mayor – que hay vidas que merecen una dosis extra de felicidad. Porque ya han tenido la dosis extra de sacrificio. Y que en el más allá seguro que se lo tienen en cuenta, pero en el más acá tienen todo el derecho a ser igual de felices que los demás. Porque ya han procurado la felicidad, y hay veces que hacerlo supone un gran sacrificio. De hecho, como conocen los sinsabores, la valoran más. Nadie tiene derecho a juzgar ni a interferir en esa felicidad.

Merece la pena intentarlo con valentía. Los cobardes no llegan a nada.

Yo no sé si Dios juega a los dados o no. Pero si lo hace, ojalá esos dados marquen el 130% de felicidad.

Para siempre.

Ojalá.

lunes, 12 de septiembre de 2011

No tengo ni puta idea, ¿y qué?

La verdad es que en este país no cabe un tonto más. Creo que el locutor Carlos Herrera decía que si entrara un tonto más, se caería al agua. Pues bien, eso, que es cierto en general, se cumple inexorablemente en el gremio de los tertulianos de las "arradios" y de las teles. Estamos rodeados de un conjunto de gilipollas divididos en varios subconjuntos, que van desde los sabios catedráticos encantados de haberse conocido hasta los catetos sectarios que tienen poltrona asegurada por decir obviedades siempre en la misma dirección: la de la de la línea ideológica de la cadena. Y todas esas opiniones se dan sin solución de continuidad. Es decir, lo mismo te arrea un ladrillazo un catedrático coñazo de estructura económica sobre la situación de Grecia que Amando de Miguel hace una gracia en directo y te jode el día. Y esto es una plaga desde hace un tiempo. No soy capaz de determinar exactamente la fecha, pero sí que ese florecimiento ha poblado nuestro penoso país de opiniones infundadas, la mayoría de las cuales rozan el delito intelectual. Pero da igual, porque la peña que las escucha tampoco pide más. Desde que te levantas hasta que te ensobras, ahí están con sus voces engoladas, aflautadas, atipladas, graves, de gilipollas integral o de "tontos-a-las-tres". Incluso hay voces de cabrones con pintas, que sólo empezar a oírlas ya sabes cómo va a acabar el asunto.

Y todo esto es natural. Hay un montón de televisiones, radios, periódicos, semanales, magazines, papiros, mensajeros de la mañana, masajeadores más o menos oficiales y periodistas que siguen a partidos: fíjate, hasta existen cosas como Libertad Digital, Público o El Plural y tipos como Jiménez Losantos, Enric Sopena – pax, amigo, pax– o María Antonia Iglesias, que o se cuida o un día morirá en directo, cosa que no le deseo, claro. Y la gente los lee o los ve sin pudor. Con dos cojones. Y todos estos periodistas son la gente formada, o sea, los que han estudiado la carrera (bueno, aceptando periodismo como carrera). La gente que en teoría es el cuarto poder. O sea, Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Nacho Escolar. Y claro, tú los miras y, depende a quién mires, se te caen los palos del sombrajo y empiezas a pensar que vale, que si ese es el cuarto poder, estamos más que jodidos. Luego miras el primer, segundo y tercer poder y te das cuenta de que tenemos el cuarto poder que nos merecemos.

Luego, sobreviviendo en ese batiburrillo de teles y programas amarillos (ellos se llaman rosas) está la peña que no ha estudiado carrera ni nada y se dedica a difamar al prójimo a tanto alzado. El tema funciona de la siguiente manera: un border line se levanta un día, se lava la cara, se toma un café bien cargado y dice, por ejemplo, que una concursante de un reallity ha sido puta de 50 euros y cama aparte en, digamos, Albacete. La presunta puta va a la tele y entre hipidos, gemidos y lloros dice que ella nunca llegó a cobrar 50 euros ni ejerció en Albacete y que eso es una calumnia y que se verán en el juzgado a menos que le diga quién le ha dicho lo de Albacete. El reportero tertuliano de la tele que lo ha soltado – que hace un año era repartidor de pizzas pero entró en Gran Hermano Glam y ahí está – dice que tiene que proteger sus fuentes y que, de alguna manera, es cuarto poder y que se acoge a la quinta enmienda. Y se arma un pifostio de tres pares. Y todos y todas claman al cielo y el presentador, que tampoco es periodista pero luce cantidad en el Orgullo Gay, dice eso de "puro periodismo de investigación, señores. Vamos a publicidad". Y supongo que en el intermedio se descojonan de la puta, el repartidor de pizzas, el cuarto poder - ¡qué florido te ha quedado, Kiko!- y las fuentes. Y el gremio de periodistas, en vez de vetar a ese presentador, pues va y le premia, que al fin y al cabo es un chaval majo que tiene mucho arte. Pues eso.

Vivimos tiempos complejos. La realidad no es fácil, por muchas razones. Se ha complicado extraordinariamente y el análisis es más difícil, la conocemos con mayor detalle aunque fallemos muy a menudo en el diagnóstico global, la inmediatez de la noticia dificulta la opinión ponderada y hay mucho medio no independiente. Y eso complica de forma extraordinaria un trabajo que, realizado con eficacia, veracidad, independencia y ética, es básico como contrapoder al Poder. Pero eso requiere personas comprometidas con el país y sus ciudadanos, preparadas y con ganas de contar la verdad. Y humildes, por Dios, humildes.

Yo, que algunos días tengo una fe ilimitada en el ser humano, todavía espero la llegada del día "D", hora "H", en la que uno de los periodistas que admiro – y que cuando improvisan admiro menos – se plante delante de un micrófono y, mirando fijamente al director del programa o a la cámara, diga: "Pues mira fulanito, yo de esto que me preguntas, no tengo ni puta idea ¿Y qué?".

Tengo amigos periodistas de primer nivel, a los que nadie en su sano juicio pondría en solfa o incluiría en un artículo como este. Pero es que tampoco ellos van por ahí hablando de sus fuentes, de sus exclusivas o del cuarto poder.

Aunque lo sean.

Pero yo no diré quienes son.

Debo proteger mis fuentes…

viernes, 22 de julio de 2011

Typical spanish

No era fácil. A pesar de que empezó de cine. Treinta tipos hasta los cojones de políticos y banqueros que, a través de Twitter, se ponen de acuerdo – increíble en España, pero cierto, lo que da la medida exacta de la saturación y de hastío – y se plantan en la Puerta del Sol con un par. Aterrorizados pero dignos. Muy dignos. Gritando en silencio que hasta aquí hemos llegado. Y que se quedan. Y que, a menos de una semana de las elecciones municipales, sus traseros y sus ideas se plantan en las baldosas de Sol. Y que de ahí no los mueven. Y que si los mueven, volverán. Y los tipos que están ahí son jóvenes, de esos que podían ser perfectamente mis hijos. O los tuyos. O los de cualquiera. Jóvenes que han visto que por el sur los moros se han plantado y están rodando cabezas de poderosos. Y que, salvando los abismos, exigen aquí cambios. Cambios profundos en un sistema corrupto. Un sistema de chaquetas y trajes, amiguitos, compadreos, sillas vacías en el congreso, putas y "visasoros", pastizaras para bancos y un montón de mierda mientras a los pobres – que cada vez son más – se les embarga, desahucia, echa, humilla y veja sin más piedad ni límite que la de la propia vergüenza de los ejecutores. O sea, ninguna.

Y la gente – tú, yo, el de más allá – los empezamos a mirar con simpatía. En mi caso con algo de distancia y un punto de cinismo. Cada uno es cómo es. Y a esos treinta se fueron uniendo más, a decenas, a cientos, a miles. Y en Sol empezaron a florecer sueños, peticiones y deseos, plasmados en papeles, pancartas, carteles y casetas. Y ya no eran treinta. Ya se contaban por miles. Y no eran sólo jóvenes. Por Sol paseaban adultos, ancianos, jóvenes, familias enteras. Todos indignados. Todos unidos por un sentimiento común de hartazgo, de cansancio ante un presente injusto, y con un grito unánime de cambio, de sueño compartido, de transparencia. Por un momento, todo aquello fue espléndido y puro: una explosión de cambio, que aunó gente diversa en un objetivo común: ¡basta ya! El pueblo en marcha. Porque nada hay más digno que un ser humano indignado con razón. Fue majestuoso. Por un momento, Porque eso fue lo que duró: un momento.

Porque ese movimiento que podía haber puesto en jaque al sistema, que aglutinó a todo tipo de personas en torno a un mensaje de hartazgo, no supo qué hacer con él. Nadie había pedido un sistema alternativo, pero lo hicieron. Nadie les demandó propuestas, pero las elaboraron. A decenas. Centenares. En todos los ámbitos de la vida y la sociedad. En absurda equiparación de lo trascendente con lo irrelevante, y de éste con lo irrisorio. Y con cada asamblea, con cada decisión, perdían adhesiones. Y muchos – hasta yo hice un tímido intento – les rogamos que volviesen a los principios básicos, a la transversalidad, al mensaje claro, a lo que llamaron acertadísimamente "consenso de mínimos". Pero el poder corrompe las mentes. Y la sordera al sentido práctico y al sentido común ya era irreversible. Era tarde para eso y para casi todo.

Luego ya las derivadas que excluían a tres cuartas partes de los españoles fueron tomando las acampadas, las asambleas y las noches de Sol y Cataluña, y del resto de España, y empezó la radicalización del movimiento, provocando la salida de los sensatos. Y por cada sensato que salía, un radical tomaba su puesto. Y se unió la petición de democracia real con las lámparas tibetanas, las listas abiertas con los derechos de autodeterminación de los pueblos, y entre cercos a parlamentarios, amenazas a alcaldes y una cada vez mayor distancia con el pueblo, aquello se fue diluyendo. Y los que denunciábamos esa situación, o nos acusaban de querer bombardear el 15M (con insultos de todo tipo) o, los más moderados, nos acusaban de no entender nada de nada. Como si estuviésemos ante un fenómeno difícil de comprender. Era fácil de entender, pero, a esas alturas, imposible de justificar. "Expansión a los barrios", llamaron a su desaparición. Está bien. Un nombre exótico como cualquier otro.

Ahora vuelven. El 23 de Julio se manifestarán en Madrid. Los motivos de indignación siguen siendo los mismos. Exactamente.

Necesitan un mensaje, un líder y un mártir.

Pero si tienen un mensaje claro, no hará falta ni líder ni mártir.

No hay posibilidad. No serán capaces.

El 23 de Julio se enterrará el movimiento 15M. En el mismo mausoleo que el "consenso de mínimos".

Una pena.

Typical spanish.

lunes, 16 de mayo de 2011

El día del mandril

En algún libro del que no guardo memoria leí cosas sobre la figura de las "demi-mondaine", cortesanas que proliferaron durante el periodo de Napoleón III en nuestra vecina Francia y que, creo que Alejandro Dumas hijo decía que "empezaban donde el matrimonio terminaba y acababan donde empezaba éste". De hecho, todo ilustre tenía una. El mismo Dumas hijo las describió con bastante arte en la Dama de las Camelias, creando el fascinante y dramático personaje de Margarita Gautier. Luego llegó el cine y – salvo honrosas excepciones – todo el encanto de Margarita Gautier fue fagocitado por malas actrices y peores directores que ensalzaron a la puta ocultando a la dama-cortesana, vulgarizando la historia y convirtiendo a la sacrificada Gautier en una cualquiera. Vaya, cualquier día de estos la interpreta Penélope Cruz y lo de Jamón Jamón va a ser un tratado de las buenas maneras comparado con lo que puede salir. Supongo que hacer buenas adaptaciones es jodido. Y que lo cutre tira y vende de narices.

Me venía esto a la cabeza porque todo aquello tenía su gracia. Su glamour. Su atracción furtiva. Su protocolo y su – con el debido respeto - ceremonia de cortejo, de escondite, de pecado. Y en eso los franceses son únicos. Todos los Presidentes franceses han sido elementos de moral distraída, por llamarle algo a eso que rige su existencia de cintura para abajo. No es que sean muy originales – Dios hizo al hombre con sexo y cabeza, y quien no tiene el uno donde el otro, tiene el otro donde el uno – y la verdad es que la antología de patinazos suele ser pues eso, antológica. Pero el saber estar y gestionar eso con elegancia – incluso cuando pillan al fulano – es un arte. El arte de la doblez, el engaño y la mentira. Pero arte al fin y a la postre. Y no nos olvidemos de que es Francia, donde lo anterior se da por descontado.

Y claro, toda esa tradición francesa desde las "demi-mondaines" de Napoleón III, pasando por la oficial y oficiosa de Mitterand, hasta la oficial Carla Bruni, toda esa tradición centenaria, todo esa "grandeur" amorosa, todo ese arte del engaño, lo ha mandado a tomar el viento el mandril de Dominique Strauss-Kahn. O sea, vamos a ver, te pueden pillar de muchas maneras – alguna muy humillante – pero no deben pillarte nunca haciendo el mandril. Eso no hay quien lo levante. Digo lo del prestigio.

Y presentarse a una empleada del hotel en pelotas, revolucionado y en celo como un mandril, e intentar aparearse con la camarera – inmigrante de origen africano afincada en el Bronx, tócate los cojones – como si fueras Copito de Nieve en plan "a ver si sale de una puta vez un hijo albino", eso, además de ser un delito como la copa de un pino – que se soluciona con tres o cuatro años en la galería de los sodomitas de San Quintín – es una vulgaridad como la Torre Eiffel. Dominique, corazón, un tipo que se las da de lo que tú te las dabas, pedazo de tonto del culo, no puede andar por ahí más salido que Torrente en Marbella. Por lo menos Clinton, que andaba sobrado de ganas – con todas menos con su mujer – no forzó a nadie.

Pero es que, además, ese percal me lo conozco muy bien. Es el percal de la puñetera prepotencia de determinada gentuza; la suite de los 3.000 dólares, el Porsche, las macrocenas en los mejores restaurantes, el puterío de lujo, el juguetear con los destinos de las comunidades y países con tal frivolidad y prepotencia, que al encontrarse con una negra limpiando su habitación, le pareció de suyo normal, natural, obligado, que la susodicha se aparease con él. De hecho, estoy seguro de que después de la violación, le habría dado una pasta y en la siguiente reunión del FMI habría propuesto ayudas multimillonarias para el país de origen de la violada. Porque estos hijoputas son así, generosos con los que masacran. Un angelito el cabrón, vaya.

Y esa es la diferencia entre el mandril y el hombre. Entre la violencia y el amor. Entre lo que no debe permitirse nunca y la expresión del amor que realiza al hombre, tal como lo sublimó Góngora:

"Que siendo Amor una deidad alada

Bien previno la hija de la espuma

A batallas de amor

Campos de plumas".

Sublime Góngora.

Cuando lo escribió no pensaba en tipos como Strauss-Kahn.

Eso seguro.

Cacho mandril.

viernes, 22 de abril de 2011

Sobredosis.

Se llamaban Diego y Xavi y los conocí el verano de 1984 en la terraza del bar 8668 de Castellterçol a las dos o tres de la madrugada. No sé muy bien qué coño hacían allí ni qué cuerno hizo que empezáramos a hablar, pero nos encontramos contando nuestras vidas sin prisas alrededor de una mesa entre tabaco negro y cervezas. Y no tengo ni idea de qué mentiras les conté yo sobre mis amplias experiencias vitales a los diecinueve, pero recuerdo perfectamente los silencios que guardaban ellos mientras desbarraba contando chorradas sobre tías y coches. Y creo que amanecía cuando – no sé por qué – decidieron contar su historia. Una historia jodida, dura, cruel, seca. Pero una historia de época. De aquellos años. Anticipo que, en general, no me creo a cualquier gilipollas. Pero esos dos de gilipollas no tenían ni un pelo.

Y su historia no era nada original, la verdad. Veinteañeros heroinómanos en los ochenta era algo jodidamente normal. Lo de ahora es un chiste malo comparado con aquello. Diego, un tipo tranquilo, estatura media y fornido, con veintitrés años marcados a fuego en unos ojos de esos que han visto demasiado y Xavi, alto y espigado, pura fibra y nervio, un par de años menos y buscando permanentemente el asentimiento de su colega. Según dijeron, habían salido de la cárcel (eso del talego lo dejo para los que hayan estado) un par de meses antes, habían decidido dejar ese rollo y se habían comido el mono tiritando o tirados por las Ramblas y sus callejuelas, atracando a punta de navaja a un par de guiris para poder comer. Y hacía ya un tiempo que no se metían nada y que habían vuelto a sus casas. Diego en una familia bien – según me dijo – en el Eixample y Xavi en una familia normal del barrio de Gracia.

Nos fuimos viendo algunos días de ese verano y acabamos por hacernos muy amigos. Estuvieron en casa – modales exquisitos - y yo fui alguna vez a la de Xavi. Diego nunca me invitó. Y conocí la amarga historia del sufrimiento y la soledad de una madre – el padre se había pirado tiempo atrás – y una hermana que no tenían ni idea de qué es lo que tenían que hacer y que – la vida es crudelísima – sólo estaban tranquilas cuando Xavi estaba en la cárcel. "Ahí tiene la enfermería cerca", me dijo con una mirada resignada su madre. Éramos amigos, y ambos contaban lo que querían cuando querían. Pasaron algunos meses y un día Diego se plantó en mi casa. "Xavi ha vuelto a engancharse. No le cojas el teléfono. No bajes si te llama. No vayas a su casa. No veas a su familia. Sólo busca dinero. Nada más. No le busques. Y que no te encuentre. Y lo mismo te digo de mí si te enteras que me he vuelto a enganchar. Nunca te buscaré para que me ayudes. Te buscaré para robarte. Ya te iré contando. Nos veremos", me dijo.

Y sí, nos volvimos a ver. Una vez más a cada uno. Xavi me llamó y quedamos en un bar. Mi amigo ya estaba hundido en ese pozo inmisericorde de la heroína. Le di 1.000 pesetas y le pedí que no me llamara más. No me dio ni las gracias. Se levantó y se fue. Lo encontraron tirado tras una fuente – a escasos metros de su casa - en la calle de la Torre en Gracia. Todavía tenía la aguja clavada. Estuve en el entierro. Diego no.

No supe ni quise saber de Diego. Luego me fui a Pamplona a estudiar, me hice mayor, tuve familia y no volví a acordarme de él nunca más. Hasta que me lo crucé en Barcelona hace un par de años mientras paseaba con mi amigo Nacho Febrer por Santa María del Mar. Creo que salíamos de Misa. Nos miramos un rato pero no me reconoció. Tendió la mano para pedir algo. Ojos vidriosos en una cara demacrada. Nada quedaba de su aplomo. Nada quedaba de Diego. Murmuró algo. Saqué cincuenta euros y se los planté en la mano. Brazos tatuados. Marcas violáceas. Me miró con la mirada perdida entre brumas y acertó a balbucear: "Tú". Sonrió, tropezó, bajó las escaleras como pudo, esquivó a dos quinceañeras que fumaban un porro y se perdió entre las callejuelas con los cincuenta euros agarrados como si la vida le fuera en ello. No creo que me reconociese. Sé que no me reconoció.

Leí su esquela en la Vanguardia poco después. "Sus afligidos padres… murió cristianamente (sic)… deja esposa y dos hijos… se ruega una oración por su alma". No fui a su funeral. No hubiera resistido ver a los niños. NI conocer a su madre.

Hay vidas enteras de penitencia.

Y modas que las carga el diablo.

Ojalá descansen en paz.

De una vez.